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Yo no soy Hitler

Todos llevamos nuestro bagaje en la mochila; traumas, frustraciones, represiones y demás aderezos que nos cuajan y nos hacen ser. Ser o no ser de una determinada manera, que es la cuestión.

“Un hombre no es una isla”. Una mujer, tampoco (no se me alteren).

 

No es cuestión de perderse en profundos estudios psicológicos. La Psiquiatría admite una tipología catalogada de “no enfermedad”, por tanto, "incurable", que consiste en una inmodificable conducta antisocial del individuo y que se denomina Psicopatía.

¿Es duro? Durísimo ¿El psicópata es víctima de sí mismo, de los otros, del hado del destino, de los genes que nos dominan, de un conjunto de todo esto? Pues sí.

¿Que se puede elaborar una larga lista de psicópatas, asesinos despiadados a lo largo de todos los tiempos y a lo ancho del Globo? Pues también.

Estatuas y monumentos conmemorativos se les han hecho a algunos. Y seguramente Hitler tendría siete baúles llenos de traumas y conflictos personales e íntimos que no restan un ápice para que se diga de él que fue un auténtico hijo de puta, sin más.

 

Es verdad que todos podemos matar en un momento dado. Todos llevamos dentro “el lado oscuro de la fuerza”. La cuestión es: de qué modo y bajo qué circunstancias, si se convierte en hábito, o si en la perturbada mente de un sujeto se presenta como una respuesta normal, como una conducta aceptable, como una opción más. Sin más ni más.

 

Está muy feo decirlo y además suena a reaccionario, antiutópico, facha gagá y de desconsiderado corazoncito insensible, pero como tampoco soy “Alicia”, diré que, desgraciadamente, no hay reinserción posible para estos individuos, no son capaces de controlar sus respuestas-reacciones de violencia o impulsos sexuales; disfrutan con el sufrimiento del prójimo y además no sienten el menor remordimiento. No saben qué es la conciencia porque para ellos todo es válido. Y lo que es peor, no hay quien les cambie su manera de ser. No están enfermos ni se les puede reeducar, sencillamente, son así.

 

Ante tales conductas, es de cajón pedir un endurecimiento de las penas, una reforma penal para violadores, pederastas, misóginos asesinos, cuyas personalidades ya están determinadas, enquistadas, fosilizadas con f de fatum cabrón el destino a veces.

Y ahí tiene su papel la familia de las víctimas, con potestad para sentarse a discutir, reclamar y exigir donde sea necesario y ante quien haga falta. Lo mismo que un trabajador cabreado se sienta ante una mesa de negociaciones a reivindicar sus derechos. En caliente. Faltaría.

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